martes, mayo 22, 2012

Voracidad: el arte maldito de ir por todo.

Y ahí andamos por la vida, voraces… Sí, voraces e insaciables. La voracidad adopta tantas formas como nos sea posible. Voracidad objetal: queremos más y más objetos. Si los observamos en el otro, tanto más aumenta nuestro deseo y ansiedad. La última cartera, zapatilla, celular, auto o saco del prójimo nos señala que hay que nos hemos perdido. Y como no queremos perdernos nada, ¡vamos por ellos! Preguntaremos como si fuera un gesto donde compartimos con el otro en qúe lugar lo adquirió, cuál fue el precio, etc. Datos que nos servirán para ir detrás de la presa. Voracidad sexual: podemos llegar a estar bien con nuestro cónyuge o pareja, pero ¿por qué habremos de perdernos la mujer o el hombre que hoy no está a nuestro alcance. Nos gusta conquistar. ¿Estaremos en carrera aún? Tenemos que contar anécdotas reales donde seamos ganadores. Ya nos cansamos de mentir con historias que nunca sucedieron en el grupo de amigos. Allí vamos, seremos lindos, jóvenes por siempre, conquistadores seriales y eternos… (o sea, niños inmaduros). Voracidad social: deseamos que siempre piensen en nosotros, ser siempre llamados, invitados, elegidos, etc. No soportaríamos quedar fuera de algún evento que incluya a algunos de nuestros amigos. Que siempre nos saluden. A tener un millón de amigos. Y si pueden ser un buen contacto que nos abra puertas en la vida, mejor aún. A los que son medio perdedores los evitaremos; nada podremos sacar de ellos. Sabés muy bien que podría seguir desglosando áreas de voracidad. Más allá de la ironía y en algún caso la exageración, ¿no creés que la voracidad está ganando demasiado terreno en nuestro mundo y en nuestra vida personal? Más, más y más. Todo parece poco. La falta de contentamiento y gratitud nos lleva a ir por aquello que aún no poseemos. No, no te confundas. No estoy en contra del crecimiento en cada área de tu vida. Celebro el ansia de progreso en cualquier individuo. Lo promuevo. Creo que crecer es una bendición. Pero sólo ese crecimiento se transforma en bendición cuando podemos parar, contemplar, saborear y agradecer a Dios por lo que ya poseemos. Como alguien dijo: “No puedo tenerlo todo. Si así fuera, ¿dónde lo guardaría?”. Amigo, frená tu impulso voraz. Por más que te vayas quedando con lo tuyo y lo del prójimo, siempre algo te faltará. Cuando sos voraz, perdés la capacidad de saborear. Agudizá tu paladar. Aprendé a celebrar con el logro ajeno sin desear lo que el otro consiguió. No codiciar lo del prójimo es uno de los mejores regalos que podrás hacerte a vos mismo. Saborear y agradecer te convierte en rico. No hace falta que te explique en qué te convierte la voracidad. Lic. Gustavo Bedrossian